11 de agosto de 2012
Parque (114)
La Lupe llega al sitio donde suele hacer el calentamiento y empieza a rotar los tobillos. Ahí, debajo del tamarindo, hay un señor en pantalones cortos que mira hacia arriba y tira besos al aire. La Lupe no dice nada. El señor saluda. "Es que hay un periquito ahí perdido, azul, ¿lo ves?". El tamarindo es enorme y frondoso. Para que la Lupe lo viera, el perico tendría que estar lanzando bengalas de salvamento. "No". "Sí, mujer, ahí", y señala. "No, lo siento, no lo veo". "Bueno, pues esta ahí y voy a ver si acude a mi llamada, porque las cotorras lo van a avasallar al pobre; estos animales no se saben valer en libertad". La Lupe se da cuenta de que el señor, que sigue tirando besos, tiene una jaula de esas antiguas, de madera y alambre, con la puertita abierta, y se enternece. El perico puede elegir; un parque entero, con árboles tropicales, cincuenta especies de flores, bambúes, fuentes, gente que reparte millo y pan de ayer, o una jaula del tamaño de una caja de zapatos y un señor.
La Lupe arranca a correr. De fondo sigue oyendo besos volados.
4 de junio de 2012
Doce quince
1 de abril de 2012
Yes we can
29 de febrero de 2012
Pollos
Señor alto: ¿Al final pudiste encontrar pollo-de-corral-ecológico?
La Lupe: Sí. Carísimo. Y amarillo. Buena señal, ¿no? A no ser que los tiñan, a los pobres.
Señor alto: Creo que les ponen colorante en el pienso. Que, por cierto, es de millo transgénico.
La Lupe: Es un asco todo. Deberíamos criar los pollos nosotros.
Señor alto: ¿En el cuarto de la tele?
La Lupe: En la azotea. Los podemos tener arriba, hacerles unas casetas, alimentarlos bien; los dejamos que anden sueltos y se entretengan, que tomen el sol...
Señor alto: Les ponemos televisión de pago...
La Lupe: No, en serio. Y los fines de semana los sacamos al monte.
Señor alto: Cómo, los fines de semana. No los puedes tener encerrados tantos días.
La Lupe: En nuestra azotea no estarían encerrados, y no quiero entrar en detalles sobre la vida que llevan en las granjas, los animalitos...
Señor alto [sin hacer ni caso]: No, mira, tú los sacas con la Pini, a media mañana, a que tomen el aire y hagan amistades, y luego yo por la noche los llevo a todos a la plaza, a jugar a la pelota. Luego, los miércoles, a la piscina, y...
La Lupe: No. De todos modos, ninguno de los dos íbamos a ser capaces de matarlos...
Señor alto [escandalizado]: ¿Matar a mis pollos futbolistas?
La Lupe: Ya me imagino la casa llena de pollos de todos los tamaños, en la mesa del despacho, en la alfombrilla de la ducha...
Señor alto: Durmiendo en la alcoba con nosotros.
La Lupe: Viniendo a recibirnos a la puerta.
Señor alto: Cantando al amanecer.
La Lupe: El guano, las denuncias de Sanidad, la Pini con la boca llena de plumas, el desahucio...
Señor alto: Nada, nada, está claro, nos hacemos vegetarianos.
15 de febrero de 2012
Cuatro trucos
1. Hacer como que se le habla al perro. Para esto es preciso tener perro. Y sacarlo. Hablar a perros imaginarios o ausentes es peor que hablar solo.
2. Hacer como que se habla por teléfono. Para esto es preciso tener teléfono, o bien llevar un auricular en la oreja. Con el cablecito cuidadosamente metido en un bolsillo, claro. Hablar con el cablecito colgando es peor que hablar solo.
3. Cantar. La gente no oye la letra de lo que cantas, y en vez de "esta pobre está fatal, voy a agarrar bien el bolso", se dicen "mira qué animosa ella, qué musical".
4. Llevar un flequillo extremadamente largo y tupido y peinárselo de modo que tape la boca.
11 de enero de 2012
Del jueves no pasa
Aunque igual no lo ven porque llevo estos rizos de loca, y un pantalón de chándal morado y una camiseta de los Teleñecos. Y unos cascos de Bob Esponja. Y porque no canto tan bajito como creía. Bueno, mañana vengo sin música y con traje de chaqueta. Y me peino de otro modo. Me peino, quiero decir. Y no corro detrás de la Pini cuando de repente levante las orejas y salga disparada hacia la churrería porque llegó el dueño, un señor mayor que la mira con arrobo y le da de desayunar como si yo la matara de hambre. Mañana, dignidad y poderío. Y del jueves no pasa que salga del paro.
5 de noviembre de 2011
Explosividad del ser humano
Supongamos por un momento que existe un ser humano que la semana pasada tropezó en la acera mojada y se rompió las gafas, y que está a dieta desde antes del verano, hasta el punto de que a) ya no se acuerda de lo que es la leche entera ni la mantequilla y b) cree que el brécol es comestible. Incluso crudo. Incluso sin ketchup. Ese ser humano lleva seis meses en el paro y camina por la calle con los ojos multiplicados como La Mosca, buscando trabajo, como sea, donde sea, de lo que sea. Ese ser humano vive justo encima del local de ensayo de una comparsa del Carnaval. Tres noches en semana, los comparseros se reúnen para cantar versiones infames de canciones brasileñas que no se merecen semejante cosa, y tres noches en semana, el ser humano se va poniendo azul y resopla y se aguanta para no a) bajar al local, tocar a la puerta con gran educación y exterminarlos a todos utilizando uranio enriquecido o b) asomarse a la ventana y cantar desaforadamente “apoyá en el quicio de la mancebía miraba encenderse la noche de mayo”. Pero esto no es lo peor; ese ser humano, después de dedicar un montón de tiempo, energía y neuronas a estudiar matemáticas para una oposición (venga ecuaciones con nosecuántas incógnitas, venga fracciones algebraicas, venga ladrillos, muros, obreros y metros inversamente proporcionales, venga depósitos que se llenan y se vacían), se juntó con otros tres o cuatrocientos seres para hacer un primer examen desastroso. Porque nadie le preguntó lo que se había estudiado. Y porque le dieron 30 segundos para resolver problemas tontos, sí, pero no tan tontos como para hacerlos en 30 segundos. En 30 segundos este ser humano no alcanza ni a sumar 29856299999,452 y 40011299994672,166, mñbss y me llevo cuatro. En cambio, le basta un segundo para determinar que “hacémila” está mal escrito. Es injusta la vida. Hay otra cosa que indigna a ese ser humano, a saber, que a unos doscientos euros de distancia se está produciendo una hermosa erupción volcánica, con sus terremotos y sus columnas de humo y sus lavas, y si no lo remedian los euromillones se la va a perder. La cosa es que ese ser humano ve como su explosividad interior aumenta y aumenta, casi tanto como la loza en su fregadero o el número de hormigas empadronadas en su casa. Y no quiere matar a nadie que no sea un comparsero desafinado, pero no se fía de sí misma. Y piensa qué hacer. Le quita la voz al teléfono. Baja a la calle y compra un bote de nutella. Se la come a cucharadas, meditativamente, mientras ve la portentosa película “Megatiburón contra Crocosaurio” (en V.O.). No llega a ninguna conclusión razonable. Vamos, a ninguna conclusión. Piensa irse a nadar y darle de patadas al agua, pero el ayuntamiento no tiene presupuesto para abrir la piscina los fines de semana.
Ah, ya está, mira. Vamos a hacer volar el ayuntamiento.
28 de junio de 2011
Por favor
Yo no sé conducir. Bueno, no sé circular. Si la cosa fuera sencillamente mover el coche en el vacío, o en el desierto, o en una de esas carreteras que salen en las películas de zombis, se me daría mejor. Pero es sentarme al volante, ajustar los espejos y hacerme espantosamente consciente de que hay un montón de peatones, motoristas, camioneros, niños, ciclistas, perros, policías, semáforos, señales, rayas pintadas en el suelo, seres que tocan la pita, ponen indicadores y/o descargan cajas de donuts, chóferes de guagua que me dan paso... todos ahí, todos a la vez. Y no puedo fijarme en tantas cosas al mismo tiempo. Me pongo frenética. Sé que en un segundo se me va a ir el coche de las manos y voy a aplastar a alguien, sea peatón, motorista, camionero, niño, ciclista o perro. O policía. O a todos. Mil quinientos kilos de metal y plástico y cristales y ruido y fuego.
No puedo, no puedo.
Suspendí el examen de conducir seis veces seguidas. No, perdón, siete. La última vez un chico que había aprobado y que olía misteriosamente a anís me aconsejó que me quitara los nervios con un buen pelotazo de Marie Brizard. No funcionó. Todo el mundo me dice siempre que me tengo que sacar el carné, y nunca me lo saco. "Venga, que tú puedes, si es muy fácil, si eso lo hace cualquiera". Bah. Ya ni sé cuántas veces me matriculé en cuántas autoescuelas distintas ni cuánto dinero me gasté del modo más idiota.
Y cada año la primera felicitación que recibo es de la Autoescuela Carmelo, que me manda un sms cariñosísimo a las ocho de la mañana. El mensaje sólo dice "AUTOESCUELA CARMELO LE DESEA UN CUMPLEAÑOS MUY FELIZ", así en mayúsculas, pero yo leo "qué pasa, mujer absurda, otro año más sin carné, qué fracaso, de verdad, vergüenza debía darte". Así que si no les importa, díganme felicidades antes que ellos, y así me puedo poner digna. "Vale, Carmelo, sigo sin carné, pero este año no eres el primero, tío siniestro; ah, y mira, que sepas que el marketing personalizado es contraproducente".
20 de junio de 2011
Método
a) Abra la nevera de casa de su amiga y tráguese impulsiva e irremediablemente media caja de barquillos con chocolate negro y avellana Choc D'or (marca Hacendado). Si lo está haciendo medio bien, debería sonar a "scrunch-scrompf-ah".
b) Vaya al Mercadona y, con la mejor de las intenciones (es decir, reponer el fondo de despensa de su amiga), compre cuatro cajas de los mencionados barquillos. Llegue a casa y cómase tres sin parar ni para respirar.
c) Aborrezca para siempre los barquillos, el chocolate y las avellanas. Mire la caja restante con asco supremo.
d) Aliméntese de fruta, verdura, yogur y café durante tres días, coincidiendo con una ola de calor sahariano.
e) Hártese de repente de la coliflor y los calabacinos y vaya a investigar si hay algo interesante en el congelador de su amiga. Encuentre medio bote de helado de fresas con nata (marca Haagen-Dasz). No mire la fecha de caducidad y trágueselo impulsiva e irremediablemente.
f) Piense que le haría falta el otro medio bote para empezar a aborrecer los helados. Laméntese de su falta de previsión. Entonces mire la fecha de caducidad y diga "ay, ay".
g) No se muera. No coma nada durante el día siguiente. Beba mucha agua. Total, le viene bien para la ola de calor.
28 de mayo de 2011
Gracias
- Un vestido azul, de tirantes, largo, hasta los pies.
- Una camiseta de rayas.
- Un carro del Mercadona lleno de comida surtida.
- Una novela maravillosa de Dai Sijie, “La acrobacia de Confucio”.
- Las vacunas anuales de la Pini (contra la rabia, el moquillo, la hepatitis y la parvovirosis).
- Una factura de la costurera (que me convirtió una falda de monja misionera en el trópico en otra de lo más elegante).
- Un bono del tranvía (12 viajes).
- Un desayuno de lujo mundial en mi bar favorito, el Potolami Palace.
29 de abril de 2011
Do-re-mi
Llego a un bar minúsculo y subterráneo en el que me dicen mis fuentes que el café es maravilloso. El camarero sale de la oscuridad y se me acerca cantando “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor qué dolor qué pena, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá, ¿qué vas a tomar?”, y yo, “do-re-mi, un cortado”, y él, “do-re-fa, ¿natural, barraquito?”, y yo, haciendo por no reírme ni cantar más, “natural”, “¿y de comer?”, “no, nada, gracias”. Entonces el camarero desaparece durante unos minutos, y yo, mientras, miro los tres metros cuadrados de bar que tengo alrededor. Hay fotos antiguas de la ciudad y del puerto clavadas con chinchetas en la pared verde. Cuando vuelve con el cortado, el camarero me pregunta, con la más absoluta normalidad, “¿tú cuando eras chica jugabas al brilé?”. “Sí”. “¿Y se te daba bien?”. “Más o menos”. “Seguro que ibas a colegio de monjas”. “Sí”. “Claro. Es un juego de colegio de monjas”. “Como el pañuelito”. “Yo prefiero el brilé”. “Yo también”.
El café está muy bueno. Ay, cómo me gusta Santa Cruz.
15 de noviembre de 2010
Catafalco
Nadie lo entendió. Su familia lo enterró con la más profunda sorpresa. Su hermano, que heredó el ordenador, lo llevó arreglar y se encontró con el manuscrito. Se gastó todos sus ahorros en editar el libro, que fue un fracaso.
Claro. "Catafalco". Qué esperabas.
9 de mayo de 2010
Berberechos
Vino a casa el señor del Mercadona y me trajo la compra. Yo no me acordaba de haber hecho compra ninguna, pero no protesté, porque el señor no me pidió dinero. Lo dejó todo en el suelo de la cocina y se fue sin decir palabra. Vamos, a cuenta de qué iba yo a querer dieciocho latas de berberechos, y cerveza sin, y leche de soja, y maizena, y almendras marconas, y bolsas de basura perfumadas con autocierre... Pero cuando estaba colocándolo todo en la despensa y pensando que hay que aprovechar lo que sea que nos mande el destino, sobre todo si es comestible, sonó el timbre otra vez, y era la señora Teresa, testiga de Jehová, que estaba preocupada por mí porque hacía mucho tiempo que no me veía, y pensaba que me habían ingresado o que me habían desahuciado o peor, que ya estaba muerta y enterrada. No, no, señora, tranquila, que estoy bien, ¿ve?, lo que pasa es que no tengo ganas de abrir la puerta, porque ya no me caben más revistas de esas en el mueble de la entrada, compréndame, y además toda la historia de que se acerca el fin del mundo me deprime bastante. La señora Teresa dijo que me comprendía perfectamente y que lo único que quería era interesarse por mí y ayudarme, y que me dejaba este papelito con su número de teléfono por si necesitaba algo. Yo le di las gracias con mucho sentimiento, adiós, adiós, hasta la próxima. Volví a la cocina y seguí mirando la compra y encontré huevos de codorniz. Vale que no era domingo ni día de fiesta ni había gran cosa que celebrar, pero qué coño, decidí, la vida es breve, sobre todo la mía, y además si nos ponemos estrictos eran como de juguete, los huevos, no contaban como huevos-huevos. Así que saqué la sartén y me preparé media docena, con ajitos por encima, y pensé "qué pena que en el Mercadona no vendan huevos de avestruz". Y cuando estaba en pleno coger pan-mojar pan en esas yemas minúsculas, otra vez tocaron a la puerta. Que no abrí, primero porque los huevos fritos son sagrados y no hay nada que merezca que se enfríen. Y después porque lo más seguro era que vinieran a reclamarme la compra que no había hecho, y no, para un regalito que me manda la providencia, no, lo que se da no se quita.
Si alguien está interesado en un lote de berberechos al natural, a buen precio, que lo diga. Van de maravilla con la leche de soja.
5 de septiembre de 2009
Verde
23 de julio de 2009
Será
Me voy a mandar un correo, a ver.
8 de junio de 2009
Manchas
Elenita: Buenos días.
Señora [toda eficiencia]: Buenos días. ¿Tiene ficha aquí?
Elenita [pensando si se referirá al edredón o a ella]: No.
Señora: Pues vamos a reconocerlo. Póngalo aquí.
Elenita [dándose cuenta de que es lo mismo que le dicen cuando va al veterinario, levantando el edredón en peso y esperando que no le dé un mordisco] : Venga, arriba, pórtate bien, que no te va a doler.
La señora mira a Elenita con una cara rara. Luego mira el edredón, que está quieto y callado.
Señora: Tiene manchas.
Elenita [sonriendo tontamente]: Claro, por eso lo traigo.
Señora: ¿Y de qué son?
Elenita: De todo un poco.
Señora [tecleando y señalando a la vez]: Vamos a ver. Ésta.
Elenita: Loción hidratante de vainilla de Tahití.
Señora: ... hidratante. ¿Y ésta?
Elenita: Helado de chocolate belga.
Señora: ... chocolate. Ésta.
Elenita: Vómito de perro.
Señora: Ah... perro... ¿Y ésta?
Elenita: ¿Quedan más?
Señora: Con ésta creo que ya terminamos.
Elenita: Pues no me acuerdo.
Señora: Parece...
Elenita: Eh...
Señora: Ah...
Elenita: ¿La Península Escandinava?
Señora: No, digo que parece de origen orgánico.
Elenita: CSI.
Señora: ¿Cómo?
Elenita: Que lo deje. Que cuándo vengo a buscarlo.
La señora teclea, medita sobre el paso inexorable del tiempo, suspira.
Señora: El miércoles. Son doce euros. Firme aquí, e-xo-ne-rán-do-nos de toda responsabilidad sobre las manchas.
Elenita firma. Luego duda.
Elenita: Mire, y si el vómito no fuera de perro, sino de persona, ¿sería distinto?
Señora: Tampoco nos haríamos responsables.
Elenita: Ah.
Señora: Tome. Una tarjeta de fidelidad. Si nos trae diez prendas, le regalamos la limpieza de una.
Elenita: ¿Valen alfombras?
Señora: No.
Elenita: ¿Y cortinas?
Señora: Tampoco.
Elenita se va, calculando la cantidad de desastres perrunos y humanos que tienen que darse para que esto le salga medio rentable. Nada, no hay manera.
2 de junio de 2009
Nota necrológica
Cuando acabe la mudanza, cuando pueda andar por la cocina de mi casa sin darme de hocicos contra ciento doce mil cajas de cartón, nueve estropajos, un míster proper reforzado, una pila de periódicos de 2006 y una rasqueta... cuando dejen de tocarme a la puerta a cada minuto electricistas, antenistas, fontaneros, carpinteros y otros señores que cobran por hacer ruido, decir cosas incomprensibles y romper las paredes... y, muy particularmente, cuando los de Telefónica tengan a bien ponerme la línea y la ADSL, para lo que, según parece, es imprescindible que se encaramen a la azotea como King-Kong... entonces igual resucito.