11 de enero de 2012

Del jueves no pasa

Es temprano y estoy en la plaza, jugando con la perra. Mientras le doy patadas a la pelota, miro el móvil. Tengo tres partidas de Apalabrados abiertas a la vez. Y llevo música, y canto bajito. Me fijo en las personas que salen de la concejalía de Cultura, que traen un papel en la mano y cara de incertidumbre. ¿Habrá un proceso de selección de algo? ¿Prácticas, becas, ayudas? ¿Un concurso? ¿Una bolsa de sustituciones? ¿Una escuela-taller? Bueno, luego voy a preguntar. Al otro lado de la plaza están los empleados del teatro, fumando, riéndose y viendo cómo salta Pinito, que parece que nació en el circo. Debería pasar la gorra, pienso. El público es entusiasta y yo, pobre. Y muy dispuesta, y muy capaz. Observen, señores, qué toque de balón, qué potencia, qué precisión. Además mi vocabulario es prodigioso. Acabo de escribir “fagocitar” en el Apalabrados. 62 puntos. Y sé inglés; estoy cantando una de los Beatles con excelente acento y entonación. Alguien tendría que darse cuenta y venir y decirme “oiga, es que no podemos vivir sin usted, es la única esperanza de nuestra empresa, acérquese y firme este hermoso contrato indefinido, no, no se resista, es inútil”.
Aunque igual no lo ven porque llevo estos rizos de loca, y un pantalón de chándal morado y una camiseta de los Teleñecos. Y unos cascos de Bob Esponja. Y porque no canto tan bajito como creía. Bueno, mañana vengo sin música y con traje de chaqueta. Y me peino de otro modo. Me peino, quiero decir. Y no corro detrás de la Pini cuando de repente levante las orejas y salga disparada hacia la churrería porque llegó el dueño, un señor mayor que la mira con arrobo y le da de desayunar como si yo la matara de hambre. Mañana, dignidad y poderío. Y del jueves no pasa que salga del paro.

25 de noviembre de 2011

Inmortal

Tengo un oso y no sé dormir bien. Así que me voy a la cama con el oso y espero que me llegue el sueño. Mi madre me deja encendida la luz del pasillo para que no tenga miedo, pero no funciona. Además, desde que me duermo la apaga. Y luego me despierto a media noche y pienso que todos nos vamos a morir, o a lo mejor nos hemos muerto ya y no lo sabemos. Me levanto y me acerco a la cama de mi hermana, que es chiquitita pero sí sabe dormir. Como respira y está caliente, está viva. Bien. Luego pienso si no se habrá muerto el oso y me asusto. Voy a la habitación de mis padres, y mi padre me dice que el oso está perfectamente y que me acueste otra vez y respire hondo, que ya veré que me duermo. Vuelvo sin ningún convencimiento y me meto en la cama. El oso no se mueve ni nada. Pero no está frío. Pasa un rato y todo está muy oscuro y no sé qué hacer. Me vuelvo a levantar y voy al cuarto de mis padres. Mi madre me dice “el oso está bien; nunca ha estado vivo, así que no se puede morir, el oso es inmortal, vete a la cama, anda”. Obedezco. Me acuesto mirando a mi oso inmortal. Qué suerte.

23 de noviembre de 2011

Recuerdo con vaca

A mí nunca me han dado cesta de navidad. Y paga extraordinaria, menos. Pero una vez, cuando trabajaba en un periódico, me cayó un regalito de empresa el día 23. Era una bolsa de falso terciopelo rojo, de ése que cruje y pone los pelos de punta, y contenía un nacimiento hecho en China. Al mío le faltaba el niño y, para compensar, llevaba dos vacas, una de ellas defectuosa, con un cuerno de menos. A mi compañera de Economía le tocó una docena de reyes gaspares, todos iguales. Eran restos de una promoción.
Pasé muchísima vergüenza.

5 de noviembre de 2011

Explosividad del ser humano

Supongamos por un momento que existe un ser humano que la semana pasada tropezó en la acera mojada y se rompió las gafas, y que está a dieta desde antes del verano, hasta el punto de que a) ya no se acuerda de lo que es la leche entera ni la mantequilla y b) cree que el brécol es comestible. Incluso crudo. Incluso sin ketchup. Ese ser humano lleva seis meses en el paro y camina por la calle con los ojos multiplicados como La Mosca, buscando trabajo, como sea, donde sea, de lo que sea. Ese ser humano vive justo encima del local de ensayo de una comparsa del Carnaval. Tres noches en semana, los comparseros se reúnen para cantar versiones infames de canciones brasileñas que no se merecen semejante cosa, y tres noches en semana, el ser humano se va poniendo azul y resopla y se aguanta para no a) bajar al local, tocar a la puerta con gran educación y exterminarlos a todos utilizando uranio enriquecido o b) asomarse a la ventana y cantar desaforadamente “apoyá en el quicio de la mancebía miraba encenderse la noche de mayo”. Pero esto no es lo peor; ese ser humano, después de dedicar un montón de tiempo, energía y neuronas a estudiar matemáticas para una oposición (venga ecuaciones con nosecuántas incógnitas, venga fracciones algebraicas, venga ladrillos, muros, obreros y metros inversamente proporcionales, venga depósitos que se llenan y se vacían), se juntó con otros tres o cuatrocientos seres para hacer un primer examen desastroso. Porque nadie le preguntó lo que se había estudiado. Y porque le dieron 30 segundos para resolver problemas tontos, sí, pero no tan tontos como para hacerlos en 30 segundos. En 30 segundos este ser humano no alcanza ni a sumar 29856299999,452 y 40011299994672,166, mñbss y me llevo cuatro. En cambio, le basta un segundo para determinar que “hacémila” está mal escrito. Es injusta la vida. Hay otra cosa que indigna a ese ser humano, a saber, que a unos doscientos euros de distancia se está produciendo una hermosa erupción volcánica, con sus terremotos y sus columnas de humo y sus lavas, y si no lo remedian los euromillones se la va a perder. La cosa es que ese ser humano ve como su explosividad interior aumenta y aumenta, casi tanto como la loza en su fregadero o el número de hormigas empadronadas en su casa. Y no quiere matar a nadie que no sea un comparsero desafinado, pero no se fía de sí misma. Y piensa qué hacer. Le quita la voz al teléfono. Baja a la calle y compra un bote de nutella. Se la come a cucharadas, meditativamente, mientras ve la portentosa película “Megatiburón contra Crocosaurio” (en V.O.). No llega a ninguna conclusión razonable. Vamos, a ninguna conclusión. Piensa irse a nadar y darle de patadas al agua, pero el ayuntamiento no tiene presupuesto para abrir la piscina los fines de semana.

Ah, ya está, mira. Vamos a hacer volar el ayuntamiento.

8 de octubre de 2011

Libros

La librera (sustituta) está detrás del mostrador, enfrentándose al rompecabezas de las devoluciones, los albaranes, las cajas, las facturas y me llevo tres, cuando entra una señora que saluda y dice lo siguiente: "Quiero la novela del escritor ese que se murió". La librera (sustituta) levanta una ceja. "¿Cuándo se murió?", pregunta, por ir acotando la búsqueda y descartar a Cervantes, a Borges y a Plinio el Viejo.
La señora contesta lo que le da la gana a ella. "Es aquel con gafas que no hizo testamento y luego le dio un infarto, aunque era joven, y entonces toda la fortuna se la llevó el padre, y su mujer, la pobre, no vio un duro, porque no estaban casados-casados, sino eran de hecho, que no tenían papeles, quiero decir; y fíjate que además él no se llevaba con el padre, que hacía por lo menos diez años que no se hablaban".
A la librera (sustituta) se le enciende el bombillo. Es Stieg Larsson. "Muy bien. ¿Y cuál de las novelas quiere? Las tenemos las tres". "Enséñame a ver...". La librera (sustituta) busca la trilogía Millennium en la mesa de allá, coge el primer libro y lo levanta. La señora dice, con infinita desconfianza, "¿Ese? ¿No es muy gordo?". La librera está de acuerdo. Para su gusto, le sobran unas cuatrocientas páginas. O quinientas. Pero no se lo va a decir a la señora, que se trata de venderle el libro. "Bueno, se lee muy rápido", apunta. "Quita, muchacha, eso no me lo puedo llevar a la playa, necesito algo ligerito". La librera (sustituta) piensa. "Si le gusta la novela negra...". La señora la interrumpe. "No, que eso es triste. Lo que me gusta son las historias que acaban bien". La librera (sustituta) se acuerda de lo que dice el librero (titular) en estos casos, que es "pues para eso lo mejor es que se compre un cuaderno y lo escriba usted", pero se aguanta y se dedica a estrujarse el cerebro. "¿Y éste?", sugiere, señalando uno de John Fante. "No". "¿Y éste?", uno de Italo Calvino. "No". Kapuscinski no, Ian McEwan no, Gerald Durrell no. La librera (sustituta) pierde todo escrúpulo, suspira y se tira al barro. "Éste lo recomiendan mucho", dice, cogiendo uno de Ruiz Zafón y procurando no poner cara de asco. "Ah, mira, pues igual... ¿Y del de los candados en el puente tienes alguno?". Ése es Federico Moccia. "Todos", dice la librera (sustituta) con voz lúgubre.
La señora se lleva "Perdona si te llamo amor", 9.95 euros, y antes de irse, llena de buena voluntad, le da un consejo a la librera (sustituta). "Tengo una amiga que trabaja en la librería del Cortinglés, de toda la vida, y la empresa la obliga a leerse un libro cada tres meses, para que pueda recomendarle cosas a los clientes, ¿sabes? Y yo creo que eso te vendría bien, porque se ve que mucho no lees tú".
Este trabajo no está pagado.

19 de septiembre de 2011

Información

Información recabada por la Lupe (involuntariamente) en el transcurso de diez minutos en el vestuario de la piscina municipal:
1. El agua está fría.
2. El agua fría es buena para los sofocos y para la flaccidez, pero mala para la reuma y los huesos.
3. Todas tenemos huesos, así que hay que firmar un escrito para que el ayuntamiento mande a subir la temperatura del agua.
4. Es posible guisar pulpo compuesto con papas y queda muy rico.
5. Además, si se compra un pulpo grande, se mete en un táper y hay comida para tres días. Y sabe mejor de un día para otro.
6. El cura de San Benito es el autor intelectual de la antesdicha receta del pulpo compuesto, y hay que ver la vida que llevan hoy día los pobres curas, que hasta tienen que hacerse la comida.
7. Trae buena suerte tener curas y monjas en la familia, sobre todo si una es católica practicante.
8. Hace calor, pero la semana pasada hacía más.
9. En el mercadona están de oferta los cuigüis, que son muy buenos para obrar. Mejores que las ciruelas.
10. El alcalde es tonto.
11. El presidente del gobierno autonómico es tonto.
12. El presidente del gobierno nacional es tonto.
13. La vida está muy cara y muy mala y hay que rezar y tener paciencia.
14. Los negros la tienen muy grande, que una señora estuvo este fin de semana en la playa y vio uno que bueno, de verdad, una cosa.
15. No hay que darles nada verde a los loros, que se envenenan.
16. La monitora del acuabí grita mucho y manda mucho, pero nunca se ha visto que se meta ella en el agua, cosa que no está bien porque no predica con el ejemplo.
17. Encarnita se fue de vacaciones a un parque nacional y le gustó tanto. Si no fuera que a todos lados tenía que ir andando y eso cansa.

27 de agosto de 2011

Arquitectura civil

Niña: Mamá.
Madre: Dime.
Niña: ¿Tú te acuerdas de cuando me dijiste que a mí me habías recogido debajo de un puente?
Madre: Sí.
Niña: Es que hoy me dijo Carmencita que eso no puede ser, porque todos los hermanos nos parecemos mucho.
Madre: Porque los recogí a los cuatro debajo del mismo puente.
Niña: Ah.
[silencio]
Niña: Y mira...
Madre: ¿Qué?
Niña: ¿Cómo sabías tú que había un niño debajo del puente?
Madre: No lo sabía. Yo pasaba por allí camino del trabajo y me lo encontraba y lo traía a casa.
Niña: ¿Y sigues pasando?
Madre: No. Cuando ya llevaba cuatro niños me cansé.
Niña (más tranquila): Ah. Y entonces, ¿ahora vas al trabajo por otro camino?
Madre: No, no, después de tu hermano el chico fui y le puse una carga de dinamita al puente, ¿sabes?
Niña: Ah. Claro. ¿Me das la merienda?

9 de agosto de 2011

Recuerdo con reptil

Un día en el recreo mi amiga Samantha y yo nos encontramos un lagarto muerto, y conseguimos no chillar para que no vinieran las monjas, y lo escondimos debajo de unas piedras, y a la hora del almuerzo robamos un cuchillo del comedor para hacerle la autopsia. Que no hubo manera, porque tenía la barriga blindada. Al final se lo comieron las hormigas. El pobre.

4 de agosto de 2011

Barrio

En mi barrio hay alguien que quiere alquilar una plaza de garaje, así que pegó un cartel en la puerta con doce chicles (masticados). Hay, que yo sepa, tres especies distintas de cucarachas voladoras (las grandes, las enormes y las translúcidas). También hay un señor chino que, cuando cierra la tienda, se descalza y se recuesta sobre una vespa plateada que tiene, con los pies cruzados sobre el manillar, a comer pipas y a mirar a la gente que pasa por la acera. Si uno se despista, le escupe las cáscaras encima. Hay una señora que se ofrece a dar clases de timple, guitarra, bandurria y laúd. Hay un gabinete de depilación y doce peluquerías (gana el pelo por goleada, sí). Siempre-siempre-siempre hay una valla y unos señores de una contrata agujereando el suelo e interrumpiendo el tráfico. Y gatos. Un montón. Hay un bar que tiene una pizarra por fuera, en la que, hasta hace dos meses, se leía "Vendo bicicleta BH". Con tiza azul. Ahora se lee "Papas de Tacoronte y cebollas de Guayonge". Hay cientos de casas en ruinas. Y una tasca que pone jamón del caro y gambas blancas de Huelva. Y tres tiendas de empeños. Y un taller de costura para los carnavales. Y una escuela de baile flamenco. Aparcamiento no hay. Ni biblioteca. Ni tranvía. Pero no importa. Es un barrio exótico y nos enorgullecemos de él igual.

16 de julio de 2011

Carteles

Los carteles deprimentes de la semana (selección):

"Cerrado por cierre".

"Compramos dientes de oro".

"Se traspasa el negocio. Se alquila el local. Se vende el local. Se saldan las existencias. Entre y pregunte".