9 de agosto de 2011

Recuerdo con reptil

Un día en el recreo mi amiga Samantha y yo nos encontramos un lagarto muerto, y conseguimos no chillar para que no vinieran las monjas, y lo escondimos debajo de unas piedras, y a la hora del almuerzo robamos un cuchillo del comedor para hacerle la autopsia. Que no hubo manera, porque tenía la barriga blindada. Al final se lo comieron las hormigas. El pobre.

4 de agosto de 2011

Barrio

En mi barrio hay alguien que quiere alquilar una plaza de garaje, así que pegó un cartel en la puerta con doce chicles (masticados). Hay, que yo sepa, tres especies distintas de cucarachas voladoras (las grandes, las enormes y las translúcidas). También hay un señor chino que, cuando cierra la tienda, se descalza y se recuesta sobre una vespa plateada que tiene, con los pies cruzados sobre el manillar, a comer pipas y a mirar a la gente que pasa por la acera. Si uno se despista, le escupe las cáscaras encima. Hay una señora que se ofrece a dar clases de timple, guitarra, bandurria y laúd. Hay un gabinete de depilación y doce peluquerías (gana el pelo por goleada, sí). Siempre-siempre-siempre hay una valla y unos señores de una contrata agujereando el suelo e interrumpiendo el tráfico. Y gatos. Un montón. Hay un bar que tiene una pizarra por fuera, en la que, hasta hace dos meses, se leía "Vendo bicicleta BH". Con tiza azul. Ahora se lee "Papas de Tacoronte y cebollas de Guayonge". Hay cientos de casas en ruinas. Y una tasca que pone jamón del caro y gambas blancas de Huelva. Y tres tiendas de empeños. Y un taller de costura para los carnavales. Y una escuela de baile flamenco. Aparcamiento no hay. Ni biblioteca. Ni tranvía. Pero no importa. Es un barrio exótico y nos enorgullecemos de él igual.

16 de julio de 2011

Carteles

Los carteles deprimentes de la semana (selección):

"Cerrado por cierre".

"Compramos dientes de oro".

"Se traspasa el negocio. Se alquila el local. Se vende el local. Se saldan las existencias. Entre y pregunte".

28 de junio de 2011

Por favor

Oigan. El viernes es mi cumpleaños. No, no pienso decirles cuántos cumplo. Muchos. Lo que vengo a pedirles con profundo sentimiento es que, por favor, alguien me felicite antes que la Autoescuela Carmelo.
Yo no sé conducir. Bueno, no sé circular. Si la cosa fuera sencillamente mover el coche en el vacío, o en el desierto, o en una de esas carreteras que salen en las películas de zombis, se me daría mejor. Pero es sentarme al volante, ajustar los espejos y hacerme espantosamente consciente de que hay un montón de peatones, motoristas, camioneros, niños, ciclistas, perros, policías, semáforos, señales, rayas pintadas en el suelo, seres que tocan la pita, ponen indicadores y/o descargan cajas de donuts, chóferes de guagua que me dan paso... todos ahí, todos a la vez. Y no puedo fijarme en tantas cosas al mismo tiempo. Me pongo frenética. Sé que en un segundo se me va a ir el coche de las manos y voy a aplastar a alguien, sea peatón, motorista, camionero, niño, ciclista o perro. O policía. O a todos. Mil quinientos kilos de metal y plástico y cristales y ruido y fuego.
No puedo, no puedo.
Suspendí el examen de conducir seis veces seguidas. No, perdón, siete. La última vez un chico que había aprobado y que olía misteriosamente a anís me aconsejó que me quitara los nervios con un buen pelotazo de Marie Brizard. No funcionó. Todo el mundo me dice siempre que me tengo que sacar el carné, y nunca me lo saco. "Venga, que tú puedes, si es muy fácil, si eso lo hace cualquiera". Bah. Ya ni sé cuántas veces me matriculé en cuántas autoescuelas distintas ni cuánto dinero me gasté del modo más idiota.
Y cada año la primera felicitación que recibo es de la Autoescuela Carmelo, que me manda un sms cariñosísimo a las ocho de la mañana. El mensaje sólo dice "AUTOESCUELA CARMELO LE DESEA UN CUMPLEAÑOS MUY FELIZ", así en mayúsculas, pero yo leo "qué pasa, mujer absurda, otro año más sin carné, qué fracaso, de verdad, vergüenza debía darte". Así que si no les importa, díganme felicidades antes que ellos, y así me puedo poner digna. "Vale, Carmelo, sigo sin carné, pero este año no eres el primero, tío siniestro; ah, y mira, que sepas que el marketing personalizado es contraproducente".

20 de junio de 2011

Método

Esta semana la Reina del Mango está de viaje, y yo me quedo en su casa, cuidando a su perra, que es una perra-abuela. Además de acompañarla, darle de comer y llevarla de paseo, aprovecho para leerme los libros y los tebeos de la Reina (que tiene muchos), para hacer excursiones por la Recova y las cafeterías de La Laguna y para descubrir un método nuevo para adelgazar. Que es bastante eficaz. Y que por la presente comparto con usted, oh, paciente lector.
a) Abra la nevera de casa de su amiga y tráguese impulsiva e irremediablemente media caja de barquillos con chocolate negro y avellana Choc D'or (marca Hacendado). Si lo está haciendo medio bien, debería sonar a "scrunch-scrompf-ah".
b) Vaya al Mercadona y, con la mejor de las intenciones (es decir, reponer el fondo de despensa de su amiga), compre cuatro cajas de los mencionados barquillos. Llegue a casa y cómase tres sin parar ni para respirar.
c) Aborrezca para siempre los barquillos, el chocolate y las avellanas. Mire la caja restante con asco supremo.
d) Aliméntese de fruta, verdura, yogur y café durante tres días, coincidiendo con una ola de calor sahariano.
e) Hártese de repente de la coliflor y los calabacinos y vaya a investigar si hay algo interesante en el congelador de su amiga. Encuentre medio bote de helado de fresas con nata (marca Haagen-Dasz). No mire la fecha de caducidad y trágueselo impulsiva e irremediablemente.
f) Piense que le haría falta el otro medio bote para empezar a aborrecer los helados. Laméntese de su falta de previsión. Entonces mire la fecha de caducidad y diga "ay, ay".
g) No se muera. No coma nada durante el día siguiente. Beba mucha agua. Total, le viene bien para la ola de calor.

2 de junio de 2011

¡Eh!

Ustedes perdonen. Pero es que mañana por la tarde doy una especie de charla en la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, en la carpa institucional (suena como a pescado parlamentario, ¿verdad?): decía, en la carpa institucional, en el parque García Sanabria, el viernes 3 de junio a las 19.00 horas. Y seré breve, y si vinieran estaría muy bien, y si ya tienen "Vida tinta", pues les echo una firma (y además les pongo un sello maravilloso de una lagarta que me regalaron), y si no lo tienen, los conduzco amorosamente a puntapiés hasta el puesto más cercano... Miren que fui a la distribuidora y todo, y utilicé el afamado método Piolín para asegurarme el suministro de libros... Y hay...
Bueno, eso, que si están en Santa Cruz me encantaría verles.

P.S. Pinito viene.

28 de mayo de 2011

Gracias

Cuando yo era chica mi tía Conchita me sacaba golosinas de las orejas. De todo tipo. Hasta una caja de bombones ingleses me sacó un día. La caja era más grande que mi cabeza, pero a mí me pareció perfectamente lógico. A los nueve años una es capaz de creerse lo que le dé la gana. Y si me hubiera sacado un patinete tampoco lo habría visto raro.
Bueno. Pues ahora, más de treinta años después, mi tía Conchita me acaba de sacar de una oreja lo siguiente:
  • Un vestido azul, de tirantes, largo, hasta los pies.
  • Una camiseta de rayas.
  • Un carro del Mercadona lleno de comida surtida.
  • Una novela maravillosa de Dai Sijie, “La acrobacia de Confucio”.
  • Las vacunas anuales de la Pini (contra la rabia, el moquillo, la hepatitis y la parvovirosis).
  • Una factura de la costurera (que me convirtió una falda de monja misionera en el trópico en otra de lo más elegante).
  • Un bono del tranvía (12 viajes).
  • Un desayuno de lujo mundial en mi bar favorito, el Potolami Palace.
Y para darle las gracias (no como se merece, sino como buenamente puedo) le voy a escribir unas poesías. Unos haikus. Hasta hace un año yo ni sabía que existieran los haikus. Mi ignorancia era inaudita. Pero me salió un trabajito de esos que se pagan a tanto la hora. Un señor con bigote quería que le transcribiese y ordenase unos cuantos miles de haikus que había escrito, y yo le dije que por supuesto, que empezaba ya.
En los míos, aviso, no salen almendreros ni nieve. No van del paso irremisible del tiempo, ni de la luminosidad del alba del espíritu ni nada, sino de las cosas normales de la vida de las personas de mi barrio. Digo, por si están esperando profundidades o algo. Y además sólo son cinco.

I.
Perra asquerosa
o sales de ese charco
o te diseco

II.
Que no, señora
que voy en chándal pero
no vendo drogas

III.
Bebemos vino
cantamos mil boleros
y no nos echan

IV.
Llega el calor...
mierda, quiero emigrar
a Groenlandia

V.
Oh, chocolate,
igual que Bob Esponja,
tú salvas vidas

Muchas, muchas gracias, tía Conchi. Eres lo más.

29 de abril de 2011

Do-re-mi

Llego a un bar minúsculo y subterráneo en el que me dicen mis fuentes que el café es maravilloso. El camarero sale de la oscuridad y se me acerca cantando “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor qué dolor qué pena, Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá, ¿qué vas a tomar?”, y yo, “do-re-mi, un cortado”, y él, “do-re-fa, ¿natural, barraquito?”, y yo, haciendo por no reírme ni cantar más, “natural”, “¿y de comer?”, “no, nada, gracias”. Entonces el camarero desaparece durante unos minutos, y yo, mientras, miro los tres metros cuadrados de bar que tengo alrededor. Hay fotos antiguas de la ciudad y del puerto clavadas con chinchetas en la pared verde. Cuando vuelve con el cortado, el camarero me pregunta, con la más absoluta normalidad, “¿tú cuando eras chica jugabas al brilé?”. “Sí”. “¿Y se te daba bien?”. “Más o menos”. “Seguro que ibas a colegio de monjas”. “Sí”. “Claro. Es un juego de colegio de monjas”. “Como el pañuelito”. “Yo prefiero el brilé”. “Yo también”.

El café está muy bueno. Ay, cómo me gusta Santa Cruz.

15 de abril de 2011

Escorbuto

Papá nos reparte naranjas chinas y nos dice que tenemos que comer fruta, que las vitaminas son muy importantes y no se puede vivir sin ellas. “Sí se puede”, decimos nosotros. Entonces Papá nos explica que antes los marinos se embarcaban y se pasaban meses tomando sólo pan bizcochado, agua, y ron, y a veces pescado; a nosotros eso nos parece un asco, aunque si el pescado fuera atún de lata con mayonesa... Papá sigue, no había neveras y los marinos no se podían llevar la fruta, porque se echaba a perder y la bodega del barco se llenaba de gusanos, y como la gente no comía vitaminas les daba una enfermedad que se llama es-cor-bu-to, y les pasaban un montón de cosas horribles, por ejemplo, se les caían los dientes, y se llenaban de manchas moradas, y las cicatrices que ya tenían cerradas se les volvían a abrir, y si se habían roto algún hueso, se les volvía a romper solo y no se volvía a pegar. ¿Y les salía sangre? Sí. ¿Y se les salían las tripas por la barriga para afuera? Según. ¿Y les dolía? Mucho. ¿Y a los piratas también les pasaba eso? Sí, a todos los que no comían fruta. Así que cuidadito.
Nos tragamos las naranjas y pensamos. “Vale que yo era el capitán pirata”, le digo a mi hermano el segundo, “y tú eras otro pirata, pero mandabas menos y te amotinabas”, y mi hermano el segundo no me hace caso, así que le hablo a mi hermana la tercera, “y entonces de repente nos daba el escombruto a todos y echábamos sangre hasta por los ojos y teníamos que buscar fruta como fuera y desembarcar en una isla”, y mi padre, "escorbuto, se dice escorbuto", y mi hermano el segundo, “vale que el capitán pirata era yo y cuando tú te amotinabas mandaba que te lanzaran a los tiburones”, y yo, “vale que yo entonces te escupía sangre a la cara, y unos cuantos dientes, y tú te morías de asco, porque eres un escrupuloso”, y mi hermana la tercera, “vale que yo era contrabandista y tenía un alijo de fruta y se lo vendía a ustedes y me hacía rica millonaria”, y mi hermano el cuarto “¡ta!”, y yo, “vale que los piratas te robaban el alijo y te mataban para que te estuvieras callada”, y mi hermana la tercera, “vale que yo volvía en fantasma para castigarles”, y mi hermano el segundo, "vale que yo los torturaba a todos", y mi hermano el cuarto “¡ta!”.
Papá habla solo. Dice "ah, qué educativo todo", y se come una naranja.

19 de diciembre de 2010

Bigotes

Madre: Niña, te tienes que hacer la cera en esos bigotes.
Hija [dudosa]: ¿Tú crees?
Madre [firme]: Sí. Mírate. Hay una edad...
Hija [interrumpiéndola]: Si es que estoy harta de depilarme.
Madre: Quién lo iba a decir.
Hija: Las piernas, las cejas, las ingles... No quiero quitarme más pelos ya, que una vez que empiezas ya no puedes parar. Es una esclavitud.
Madre: Pero es que con esos bigotes no puedes ir por la calle.
Hija: Cómo que no.
Madre: No. Porque...
Hija: Yo todo esto lo tengo muy pensado. Si hubiese dedicado a estudiar todo el tiempo y el dinero que he gastado depilándome en los últimos veinte años, tendría seis carreras.
Madre: Ya. ¿Y para qué te iban a servir seis carreras con esas pelambres?